A los 22 años, Luis Pérez, quien es vecino de Villa Allende, cambió el rumbo de su vida: abandonó la ingeniería para seguir una revelación que comenzó escuchando a los Beatles y el rock sinfónico.
Hoy, este compositor y director cordobés, ejerce una docencia singular desde los escenarios, desmitificando el arte académico. Su perspectiva biográfica se cruza con revelaciones de la neurociencia contemporánea, que demuestran cómo la música estimula de forma coordinada áreas del cerebro vinculadas a la memoria, la atención y el sistema límbico de recompensa.
Frente a un mercado popular dominado por un 70% de letras sobre conexión humana y consumo pasivo, Pérez se alza como un formador de audiencias críticas, buscando transformar la audición en una experiencia consciente.
Tras dejar ingeniería, ¿cómo fue su inicio en la música?
Mi maestro me impulsó, Humberto Catania. “Podés ir a la facultad y estudiar composición”, me dijo.
Me animó, me estimuló a que lo hiciera. Me puse a escuchar música, a mirar conciertos, a moverme. Al otro año rendí examen. Tenía tantas ganas de entrar que de 320 salí tercero. La facultad fue un sueño.
Desde la neurociencia se asocia la emoción con procesos cerebrales. ¿Cree que la música es subjetiva?
Absolutamente, porque es emocional. Como es completamente emocional, cada uno lo que tiene dentro es personal.
A vos una música te emociona, a otra persona no le emociona. Ahí está toda la subjetividad. Te conecta, y a otra persona no la conecta nada. Claro que es pura subjetividad.
¿Qué opina del consumo de música en la actualidad?
La gente cree que dice “yo escucho lo que yo quiero”. Eso es un error. Vos escuchás lo que te están mandando a escuchar, te están haciendo consumir. Pasa lo mismo con la música industrial, que es toda igual, donde la gente lo único que hace es admirar artistas, no música. Te están haciendo escuchar lo que ellos quieren, del mismo modo que te ponen la comida chatarra en la nariz en la caja de un súper.
“Vos escuchás lo que te están mandando a escuchar: te están haciendo consumir.”
¿Cómo está posicionada la música clásica actualmente en la sociedad?
Yo creo que va lentamente en retirada. Así lo veo yo. Una sinfonía de Beethoven en 1820 tenía sentido en su contexto de aristócratas y cortes; hoy ha perdido contexto porque nada de lo que vivió Beethoven existe.
Hoy ves a la gente en los conciertos aburrida, mirando el teléfono a los diez minutos. Ese proceso ya es imparable.
Mencionaste que la baja en el consumo de música académica se debe a la falta de dinamismo. ¿Se puede reactivar el interés del público joven en la música clásica?
Sí se puede. Teatralizar la música tiene otro efecto completamente distinto. En Argentina, Les Luthiers tenían mucho de eso.
La teatralización de la música es algo que surte un enorme efecto, actualiza mucho. Para mí ese es el camino.
Están buscando algo que escénicamente sea llamativo; al público joven lo tenés que enganchar.
Al final, despojados de la uniformidad anestésica de las plataformas y el murmullo constante de los algoritmos digitales, la música resiste como el último refugio de la sensibilidad y el misterio humano.
No se trata de un mero producto industrial o de una fórmula matemática exacta; se trata de una herencia de afectos profundos.
Como bien nos recuerda el maestro Luis Pérez, el verdadero poder de una melodía no reside únicamente en su complejidad teórica o académica, sino en su capacidad casi milagrosa de resucitar un recuerdo íntimo: la cálida y nítida imagen de un padre cantando un tango mientras se afeita, transformando un instante cotidiano en una memoria eterna.
Es en esa subjetividad absoluta donde la música nos salva y nos define. Ante un mundo apresurado que a veces parece anestesiado frente al desasosiego, el desafío del escenario y de la docencia va mucho más allá de llenar una sala de concierto:
consiste en volver a encender la chispa de la curiosidad y la emoción real en el espectador.
Porque, como demuestra la historia de Beethoven al transformar su profundo dolor en belleza imperecedera, o como sentenciaba Tchaikovski al afirmar que “sin música tendríamos más razones para estar locos”, el arte es el puente indispensable para no perdernos en la intemperie de la desconexión. Si al apagarse los ecos de una obra el oyente sale del teatro como si no hubiera estado en ninguna parte, el arte habrá fracasado. Pero mientras exista un escenario dispuesto a desafiar la rutina y un corazón dispuesto a conmoverse, la música seguirá viva, latiendo con fuerza en el mismo compás de nuestras propias vidas.




