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10 junio 2024

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By 1 agosto, 2021enero 20th, 2022No Comments

Nos conocimos en la calle. El sentado siempre en la vereda, tomando mate, hablando con quien pasara. Un día frené a ayudarlo con lo que tenía encima, y así empezó todo.

Cuando lo veía nos saludábamos, charlábamos un poco, y cada uno seguía con su día.

La noche que cumplió 50 años, un 15 de Noviembre, fui a las 12 clavado, caí con una torta hojaldrada que había encargado en La Celeste, todavía me acuerdo, también le había comprado un libro de Stephen King porque Marcelo me había dicho que le gustaba leer. Llegué. Estaba durmiendo, me senté al lado de su colchón, le prendí la vela y lo intenté despertar. Había tomado. Me costó como 5 minutos hacer que reaccionara, cuando abrió los ojos se puso feliz, me pidió que lo ayudara a sentarse, eufórico sopló la vela, y cortamos juntos una porción para que comiera.

Me acuerdo decirle “podés invitarles a tus amigos mañana” y riéndose pícaro me contestó “no voy a invitarle nada a nadie, al que la toque le corto la mano”, los dos nos miramos entendiendo el chiste en la amenaza, reímos y mientras él comía yo estaba a su lado, ambos sentados en el colchón. Era una noche helada de noviembre, en la esquina de Cañada y Quirós. No me la olvido nunca. Recuerdo pensar “de esto se trata la vida”. La ciudad en pausa, la calle completamente vacía, el cielo al fin desnudaba algunas estrellas que suelen verse opacadas por las agresivas luces artificiales. Éramos nosotros dueños del mundo, por un rato aunque sea.

Marcelo me miró y empezó a redactar una poesía, de la nada, hablaba de mí, de cuánto me quería y de cómo Dios me había usado para alegrarle la vida. Me contó que su sueño era publicar, que él escribía y quería que la gente supiera su historia. Que tenía mucho dolor, y tomaba para olvidar, para aliviar. Hice silencio. Suelo hacerlo cuando las palabras quedan chicas.

En un momento me clavo las pupilas directo al alma y me dijo “sé que vos también estás llena de dolor”, le sostuve la mirada a duras penas y le pregunté “¿cómo sabés?”, a lo que sin titubar me contestó “lo veo en tus ojos”. Lloramos. Los dos. Nos abrazamos. Y me fui a dormir.

Yo ya venía armando mi libro, una meta que tenía desde hacía 7 años. Dios había abierto la puerta justo para que pudiera publicarlo, y esa noche algo en mí empezó a trabajar. Una idea. Fui a verlo al día siguiente, le conté de mi libro, le dije que quería tener el honor de que sus manuscritos estuvieran también y poder cumplir juntos el mismo sueño.

Me dio su cuaderno, estiró sus dos manos y mientras yo lo agarraba, él se negaba a soltarlo, esperé unos segundos y susurró con la voz quebrada “cuidalo, esta es mi vida”.

7 meses después, el libro estaba terminado. Me llegaron y lo primero que hice fue eufórica ir a buscarlo a la Plaza Colón donde se había mudado. Llegué y lo encontré tirado en un colchón, dormido. Había tomado. Sus amigos me ayudaron a despertarlo y cuando pudo sentarse y entender lo que estaba pasando, empezó a gritar y llorar “llegó, mirá negra, mirá, llegó, yo sabía que no me ibas a fallar, yo jamás dudé de vos, me encontraste, acá está miren, mi vida, miren” los amigos hicieron curiosos, conteniendo la emoción, una ronda alrededor de los dos, y todos querían tocar el libro, verlo, mientras él lloraba y me abrazaba, yo le decía “lo logramos Marcelo, juntos, gracias a Dios” y contenía la lágrimas porque no se me da bien quebrar en público.

Ahí sentada, con él, con sus amigos, ahí, entre veredas, en la calle, mientras todos pasan y nadie nos ve, se me cruzó un pensamiento que me atropelló como una estampida “para esto vivías María, para esto era”.