El cine argentino vuelve a ponernos un espejo enfrente con “Parque Lezama”, una comedia con tintes dramáticos dirigida por Juan José Campanella y protagonizada por los inmensos Luis Brandoni y Eduardo Blanco. Esta adaptación cinematográfica, basada en la exitosa obra de teatro “I’m Not Rappaport” del dramaturgo estadounidense Herb Gardner, nos invita a mirar hacia un sector de la sociedad que muchas veces pasa desapercibido, los adultos mayores que deambulan solitarios frente a un sistema que parece querer descartarlos.

A veces es bueno hablar con extraños…
El gran logro cinematográfico de Campanella en esta película es convertir un espacio abierto y cotidiano en un microclima narrativo. Todo el peso de esta inmensa historia humana sucede al aire libre, teniendo como epicentro un banco del Parque Lezama. Es en ese escenario donde la cámara captura el encuentro entre Antonio Cardozo y León Schwartz, dos hombres en el otoño de sus vidas que representan polos opuestos: uno es un “conformista de manual”, mientras que el otro es un histórico y apasionado militante del Partido Comunista, de ascendencia judía, verborrágico y fantasioso.
Dice que fue espía, que conoce gente poderosa, que participó en grandes hechos políticos, etc.
El sentido de la frase “Yo no soy Rappaport“.
La frase funciona como una forma irónica de negar una identidad o una acusación, pero también refleja algo más profundo. Esta frase termina simbolizando la libertad de ser quien uno quiere ser, aunque sea a través de la imaginación. El personaje intrepretado por Brandoni juega con su identidad, se reinventa constantemente para escapar de su realidad de viejo solo. (hasta inventa una hija militar).

A nivel visual y argumental, el parque funciona como un mundo entero. Es profundamente conmovedor observar cómo el personaje interpretado por Brandoni utiliza este entorno para esconderse detrás de personajes ficticios y relatos grandilocuentes. Esta actitud funciona como una coraza frente a la soledad, una forma de resistir ante una realidad abrumadora. Y es aquí donde la película golpea fuerte: la cruda realidad de Cardozo, a quien buscan echar de su histórico trabajo y única fuente de ingreso. Como le advierten crudamente en la historia, “acá el villano es el tiempo”. Esa amenaza constante de volverse “obsoleto” para el sistema laboral se suma a los conflictos que ambos enfrentan con sus propias familias y con los pintorescos y complicados personajes que transitan por el lugar y pelean con ellos.
A lo largo de sus 115 minutos de duración, la película logra un equilibrio perfecto, demostrando que no se necesitan múltiples locaciones para hacer gran cine. Las charlas que comparten estos dos abuelos en ese banco de la plaza están llenas de carcajadas, pero también de una profunda ternura y emoción.
Parque Lezama no es solo una comedia; es una lección de cine que nos recuerda que un simple parque puede ser el mejor escenario para retratar la crueldad del paso del tiempo en la actualidad, y demostrarnos que, a pesar de todo, una nueva amistad puede ser el mejor refugio.
Dónde verla:
https://www.netflix.com/ar/title/81957702




